La caída de Demi Moore que quiso ser millonaria y se olvidó de ser buena actriz

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Demetria Guynes no tenía nombre de estrella pero sí todo lo demás. Su determinación, su fotogenia y su hambre de éxito la convirtieron en la única superviviente del "Brat Pack", la generación de actores adolescentes que arrasó en los 80 pero no supieron trascender en el cine adulto (Molly Ringwald, Emilio Estevez o Judd Nelson). Con su nombre artístico, que tomó prestado de su primer marido,Demi Moore logró ser la actriz número 1 de Hollywood durante 6 cortos pero muy intensos años y su obsesión por ganar dinero le granjeó el apodo en la industria de "Gimme More" (dame más). Precisamente esa avaricia destruiría su carrera, pero empecemos por el principio. ¿Cómo llegó Demi a ser la actriz mejor pagada de la historia?

En tan sólo tres años, Demi pasó de ser una chica mona (Ghost) a una bomba sexual que se restregaba con billetes (Una proposición indecente). Moore no aceptaba un papel si el cheque no era mayor que el anterior y su matrimonio con Bruce Willis contribuyó a cimentar un estatus de icono cultural que se coronó con la legendaria portada de Vanity Fair USA en la que posó desnuda y embarazada de 8 meses. Después Demi contrató a tres cámaras para que grabasen el parto y se recuperó en tiempo record de cara a Acoso, donde interpretaba a una mantis laboral que intentaba abusar del pobre Michael Douglas, por aquel entonces un experto en papeles de hombres que pagaban muy caro su calentón.

Eran los 90 y el sexo vendía más que nunca. Demi Moore había sido finalista en el cásting de Flashdance, cuya elección final se decidió proyectando un video de cada aspirante a 50 hombres y después pasándoles una encuesta que proponía una sola pregunta: "¿a cuál de estas chicas te tirarías?". Jennifer Beals ganó por goleada y parece que Demi no se lo perdonó nunca a sí misma. Moore se prestaba encantada a la explotación de la mujer en Hollywood mediante escenas de coito tan inofensivas como publicitadas que en el fondo no eran para tanto. La verdadera provocación estaba en la propia trama de la película: el conflicto principal (y por tanto la campaña de promoción) era sexual. ¿Te acostarías con un hombre a cambio de un millón de dólares? ¿Te acostarías con tu jefa a cambio de un ascenso? Incluso en un drama de época como La letra escarlata las desgracias de la protagonista venían por revolcarse en el granero con quien se supone que no debía.

Mientras el otro mito erótico de los 90, Sharon Stone, lograba su primera y única nominación al Oscar por Casino, Demi vio su oportunidad de ganar la carrera por el título sexy y para ello se puso dos tetas que cruzaban la línea de meta antes que el resto de su cuerpo. Aquellos dos implantes fueron los más amortizados de la historia del cine: cuando aún no habían cicatrizado Columbia ya le estaba extendiendo un cheque de 12.5 millones de dólares por Striptease, convirtiéndose en la actriz mejor pagada de la historia el mismo año (1996) en el que Jim Carrey batía el récord para los hombres con sus 20 millones por Un loco a domicilio. Hollywood se había vuelto loco y Demi se aprovechó de ello más que nadie.

Striptease fue una debacle a todos los niveles. Fracasó en taquilla, ganó 6 premios Razzies (incluída peor película y peor actriz) y lo que es peor, ni siquiera es tan mala como para ser una película de culto caspa. El público no se reía con las escenas cómicas pero sí con las supuestamente dramáticas. La campaña de promoción fue demasiado confusa. Catalogada como una "comedia sexual", todo el mundo hablaba del sueldo de Demi y de su desnudo aunque ella ya había enseñado el pecho en otras películas. Estas tetas eran nuevas así que había una renovada curiosidad como cuando un amigo se muda y quiere enseñarnos su casa nueva.

Por otra parte, Demi se empeñaba en venderla como un drama familiar en el que una madre está dispuesta a todo por recuperar la custodia de su hija. Por eso se arrastraba por la pasarela y no se quitaba el sujetador cuando estaba triste. Lo que los (pocos) espectadores que fueron a verla se encontraron fue una comedia sin gracia testimonio de esa época en la que los negocios se cerraban metiéndole billetes en el tanga a una señorita y en la que una stripper se veía atrapada en una trama de corrupción política y una investigación policial por asesinato mientras varios señores babeaban por ella. Nada que Pajares y Esteso no hubieran hecho ya 20 años antes.

Los bailes eróticos de Demi tampoco venían demasiado a cuento y Striptease no disimulaba ser una muy estúpida excusa para que la actriz se contonease en bragas. Para comprobar el efecto de sus carísimos pechos, la primera escena de desnudo fue rodada con 200 extras que no recibieron ningún sueldo porque "el premio es ver a Demi Moore desnuda". Los rugidos de los extras fueron tan salvajes que hubo que repetir la escena sin ellos, pero Demi confesó que se sentía muy halagada y segura de sí misma gracias a la reacción de esos 200 hombres. Como si llevase esperando ese momento desde que perdió aquel papel de Flashdance

Striptease no fue el primer fracaso de una estrella de Hollywood, pero sí es uno de los más castigados. El éxito es contraproducente y aceptar un sueldo récord por una película absurda que ni siquiera intentaba disimular que era un homenaje a sus tetas nuevas empujó a Demi, que nunca cayó demasiado bien a nadie, al ostracismo del público. Como su personaje en Striptease, daba la impresión de que a Demi le gustaba más enseñar las tetas que trabajar de verdad. "Que se ponga a fregar escaleras", decían las señoras escandalizadas. No es que la película tenga rigor narrativo (ni sentido alguno), pero quizá Erin podría haberse hecho camarera en lugar de stripper si quería recuperar la custodia de su hija. Del mismo modo, Demi debería haber encontrado otra forma de explotar su físico, menos obvia y menos ridícula. Pero eso habría significado ganar menos dinero, algo que Demi Moore no soporta.

Striptease estaba pasada de moda cuando se estrenó. Showgirls había demostrado que el sexo ya no vendía y Hollywood se adentraría en la etapa más mojigata de su historia. La figura de Demi Moore se quedará para siempre atrapada en aquellos seis años de mujeres perversas cuya idea del triunfo era comportarse como el más repugnante de los hombres. La teniente O'Neill es el paradigma de aquel feminismo tan mal entendido de mujeres que se equiparaban a hombres. Al igual que Sharon, Winona o Kevin Costner, Demi no podía acompañarnos al siglo XXI. Ella pertenecía a aquel lustro en el que "morbo" no era un hashtag para las aplicaciones de ligue, sino la razón por la que la gente iba al cine.

Demi Moore capitaneó el movimiento del sexythriller sin esforzarse por ser buena actriz y como decía su personaje de villana en Los Ángeles de Charlie. Al límite, "yo nunca fui buena, yo fui la mejor". Demi apenas ha trabajado en los últimos 20 años porque no le hace falta ni le apetece. La mujer que exigía en cada rodaje ocho asistentes personales también fue lista para darse cuenta de que estaba a punto de pasar de moda y decidió largarse de Hollywood antes de que la echasen. Ella sabía que su actitud caprichosa le impediría volver como sí hizo Robert Downey Jr, cuya profesionalidad y amabilidad le facilitó el regreso a Hollywood tras sus problemas con las drogas. Hollywood estaba deseando deshacerse de Demi.

Demi no tiene intención de ser secundaria ni de protagonizar una serie en Netflix. Ella nunca tuvo vocación de actriz, sino de millonaria. Demi no va a salir de su mansión si no es para ser la novia en la boda, el niño en el bautizo o el muerto en el entierro. Productora de la saga Austin Powers, Demi va a estar forrada toda su vida y puede dedicarse a salir y entrar con quien le dé la gana. Incluso a compartir novio con su hija (el heredero de Hard Rock Café, Harry Morton), aunque esperamos que no a la vez. A Demi le sobra dinero para pagarle el mejor psicólogo a su hija. Su ego está más que saciado y ella nunca permitirá que le colgemos la etiqueta de "estrella venida a menos". Demi siempre ha controlado su imagen pública y parece satisfecha con lo que se ha convertido: un icono del Hollywood más erótico en el que las estrellas eran lo más importante. Y allí se quedará para siempre, como en un museo, con su minifalda inversamente proporcional a su ambición. Eso es más de lo que pueden decir muchas actrices con más talento que ella.