Probabilidad de divorcio disminuye cada año que la pareja conviva

La semana pasada se dio a conocer una fórmula que muestra algo que todos los casados querrían saber desde el momento en que dan el sí: la probabilidad de que una pareja se mantenga unida o termine por partir cobijas. La fórmula hace parte de un estudio del Marriage Foundation, una organización de Gran Bretaña que analiza las relaciones de pareja, y se basa en estadísticas oficiales de matrimonios y divorcios en ese país desde 1970 hasta la fecha.

La buena noticia es que la probabilidad de permanecer juntos mejora con cada año que pasa. “Es simple matemática. Si usted no es de los que se separaron este año, para el siguiente su riesgo disminuye hasta que llega a ser casi nulo”, señaló a la revista colombiana Semana, Harry Benson, investigador del estudio.

Como era de esperarse, quienes se separan lo hacen en los primeros cinco años. Benson calculó que en esta etapa 1 de cada 2,5 parejas decide tomar rumbos diferentes. En el siguiente quinquenio 1 de cada 2,9 parejas termina en divorcio.

Los investigadores se sorprendieron cuando encontraron que llegar a la primera década es un hito, pues a partir de entonces el riesgo desciende aún más, lo que marca un punto de inflexión. Así las cosas, celebrar las bodas de aluminio baja un riesgo a solo 1 en 4. De ahí en adelante la tendencia disminuye aún más: apenas 1 en 6 se separan entre los que cumplen entre 15 y 20 años y 1 en 8 entre los que logran celebrar entre 21 y 24 años de casados.

Después de las bodas de plata el panorama es todavía más alentador. Luego de 30 años de casados solo 1 de cada 25 parejas se separa y a los 40 años lo hace 1 de cada 150. Llegar a las bodas de oro implica que la pareja casi está blindada contra el divorcio, con 1 en cada 1.500 parejas. “En este punto es 200 veces más factible que lleguen a 100 años que a buscar el divorcio”, dice Benson.

Para los expertos, es apenas lógico que los primeros años sean críticos. Según María Elena López, coautora del libro Inteligencia en pareja, el vínculo apenas se está consolidando y cada uno está tratando de conciliar su proyecto personal con el del otro. “Muchos colapsan en ese momento”, señala.

El psicólogo John Gottman, quien desarrolló la idea de que las parejas pasan por un periodo de crisis que él llamó ‘la comezón de los 7 años’, coincide con esta explicación, pues en este periodo se producen los mayores ajustes. “No importa la personalidad, si están deprimidos o si tienen o no empleo, todas las parejas deben acoplarse”. Y no solo se da en el séptimo año sino desde cuando termina la luna de miel, “cuando llegan a la realidad y ambos deben resolver cómo va a ser la vida juntos”, dice el experto.

El estudio también muestra que para construir una relación se requiere tiempo. “Conocer al otro es una aventura de toda la vida”, dice Benson. Por eso, con cada año de matrimonio el lazo se va fortaleciendo. Pero no solo eso. La pareja empieza a desarrollar habilidades no solo para manejar las discrepancias y peleas, sino también para ajustar expectativas de la convivencia. “Así sucede en el trabajo. Es diferente tener dos años de experiencia laboral a diez y eso se aplica al matrimonio”, señala López.

Por eso, llegar a los diez años de matrimonio es un hito. Benson señala que una vez las parejas sobrepasan los desafíos de conocerse, adaptarse e incluso sobrellevar la crianza de los hijos, que también genera gran presión, la vida en pareja empieza a ser mucho más fácil. “Los casados van estando más satisfechos con la compañía del otro y cada vez menos quieren escapar”.

Benson agrega que cuando ambos han sobrevivido a las tormentas propias de la convivencia, ya saben lo difícil que es construir ese lazo y eso hace que vean menos atractiva cualquier alternativa a estar casados. “Para la mayoría esta inercia da la motivación suficiente para quedarse ahí y trabajar en lo que ya tienen”, explica.

El estudio de Benson muestra, además, que no es cierto que las tasas de divorcio vayan en aumento entre las parejas mayores de 60 años. Se ha dicho que el aumento en la expectativa de vida, la mayor independencia financiera de las mujeres y las ideologías liberales están creando un fenómeno llamado divorcio senil. Y aunque famosos como Mario Vargas Llosa, Rupert Murdoch y Helen Mirren se hayan separado después de muchos años de matrimonio, Benson explica que las tasas de divorcio en esta etapa de la vida no se han modificado un ápice y son consistentes con la tendencia que mostró el estudio. “Eso no va a cambiar así vivamos hasta los 120 años”.

Según el investigador, en realidad la edad de la gente en el momento de casarse ha aumentado por lo menos diez años desde 1970. En 1975 las novias llegaban al altar con un promedio de 23 años y sus novios con 25. Pero en 1995 esa edad aumentó a 29 y 30, respectivamente. En 2011, las mujeres se casaban a los 31 años y los hombres a los 33, en promedio. De esta forma, hoy una mujer de 50 años apenas ha estado casada en promedio 21, años cuando su madre, a esa misma edad ya tendría 27 años de matrimonio a cuestas. Sus probabilidades de divorcio serían mucho menores. Con el aumento de la edad para casarse, dice Benson, “hay que esperar ver muchos más divorcios entre el grupo de edad de los más viejos. Es pura matemática”.

La pregunta que queda en el tintero es qué hace que algunas parejas se mantengan en esos primeros años y qué lleva a otras a tirar la toalla. Benson señala que parte de la respuesta es la buena comunicación, pero eso no es todo. El otro concepto es dedicación, lo que implica decidir que se mantendrán a pesar de las crisis. “Y para capotear esos temporales es importante tener inteligencia emocional”, añade.

Gottman, quien también aprendió a predecir con el 95 por ciento de exactitud qué parejas se separan con solo hacerles una serie de preguntas, diseñó una sencilla fórmula que se resume en dos números: 1:5. Esto significa que por cada interacción negativa de la pareja –voltear los ojos, sostener un lenguaje corporal despectivo o criticar al otro permanentemente–, debe haber por lo menos cinco comportamientos positivos, un beso, un comentario agradable o una mirada amorosa. Cuando esto no sucede, los riesgos son más grandes. Los hombres que no aceptan sugerencias de sus esposas, ni siquiera las más razonables, y se muestran intransigentes, tienden a terminar divorciados. “El matrimonio es dar y recibir”, dice Gottman.

No se trata de creer que las peleas son malas. Lo importante para los especialistas es no estar a la defensiva y comunicar bien las quejas. Otro grupo que puede tener problemas es el que nunca pelea ni manifiesta sus deseos. “Es como un matrimonio muerto y allí esa falta de respuesta emocional más tarde les pasa la cuenta”. Gottman determinó que hay cuatro jinetes del apocalipsis en la pareja: la crítica, especialmente la constante, el desprecio, la actitud defensiva y las evasivas.

López señala que lo ideal no es estar juntos porque sí, puesto que los matrimonios mantenidos por las apariencias acostumbran a la pareja al dolor y la indiferencia. “Lo que uno busca es que la gente se quede, pero contenta, igual que lo hace cuando decide permanecer en un trabajo”.

Las noticias en todo caso son muy buenas. Según sir Paul Coledrige, fundador del Marriage Foundation, se dice con seguridad que el 40 por ciento de la gente se divorcia, pero esa es una verdad a medias porque está demostrado que “el esfuerzo invertido en la relación paga dividendos reales en el largo plazo”.