En Rusia sigue el debate de qué hacer con la momia de Lenin

Foto: Una trabajadora prepara una figura de Vladimir Lenin en el Museo de la Unión Soviética, en Moscú, en febrero de 2013. (Reuters)

El ayuntamiento de Moscú ha gastado ingentes cantidades de dinero en la última década en lavar la cara al centro de la ciudad, modernizarla, adaptar su gris e inhóspito aspecto soviético a los estándares de las capitales occidentales. Hay sin embargo una piedra con la que siempre se topa: Lenin, cuyo cuerpo embalsamado sigue expuesto en un mausoleo en el centro mismo de la Plaza Roja. 

Con el 92º aniversario de su muerte la semana pasada, se ha reavivado en el país el debate de qué hacer con su momia. Es una cuestión recurrente en la sociedad rusa, pero que esta vez ha irrumpido con más fuerza que de costumbre, enturbiando la habitual cordialidad entre Ejecutivo y oposición parlamentaria.

El partido de Vladimir Putin, Rusia Unida, que gobierna en la capital, preferiría darle sepultura. El propio Lenin dejó escrito en su testamento que quería ser enterrado, en concreto en el cementerio Volkov de San Petersburgo, junto a su madre, pero Stalin hizo caso omiso y creó nada menos que un Comité para la Inmortalización. El mausoleo dejó hace tiempo de ser una atracción turística de primer orden en Moscú, ni rastro de las hordas de campesinos llegados de todos los rincones del imperio que acudían en los primeros años para honrar al líder. Al desinterés del público se une que el templo pasa temporadas cerrado por cuestiones técnicas de conservación de la momia, en concreto, dos meses cada año y medio.

El tiempo ha hecho mella en el cuerpo embalsamado, al que le han salido manchas, que se combaten con baños químicos y hasta botox. Pese a que la entrada es gratuita y se encuentra en plena Plaza Roja, el mausoleo recibe menos de un millón de visitantes anuales, por comparar, siete veces menos que la Galería Tretiakov. Acuden principalmente grupos de turistas chinos, pocos rusos y algunos occidentales curiosos, una visita de carácter 'freak', lejos de la intención original con la que se erigió. “Estaba dando un paseo, he visto la cola de chinos y me he acercado a echar un vistazo. Es parte de nuestra historia, pero no debería estar aquí”, comenta Natasha, de 24 años. “Da pena verle, está ya muy deteriorado. Habría que enterrarle de una vez, dejarle descansar en paz”, espeta Katya, una moscovita de mediana edad, cuya opinión comparten muchos rusos.

"Sería una blasfemia"

Según las encuestas, solo uno de cada cuatro aprueba que Lenin siga expuesto en la Plaza Roja. Sin embargo, pese a la opinión favorable del Gobierno, de la Iglesia ortodoxa y de buena parte de la población, el entierro de Lenin cuenta con un influyente detractor: el Partido Comunista. La principal fuerza opositora parlamentaria (12,5 millones de votantes), que tiene en nostálgicos de provincias su caladero de votos, monta en cólera cada vez que se menciona tan siquiera la posibilidad. “Sería una blasfemia, un ataque a nuestra historia y espiritualidad”, advierte su líder, Gennady Ziuganov.

En realidad, cualquier mención a Lenin, al que el partido trata todavía como una deidad, se considera poco menos que una falta de respeto. Hace 10 días, por ejemplo, amenazó con movilizaciones si Leonardo DiCaprio, de abuela rusa, osaba protagonizar una película sobre Vladimir Ilich. “No tiene base moral”, justificaron desde el bloque. Es ese mismo Partido Comunista ruso, recordemos, que llevó este mes una propuesta a la Duma para arrestar a los homosexuales que salgan del armario (proposición tumbada por el partido de Putin), o que apenas ha levantado la voz por el reciente anuncio del Gobierno de privatizar empresas públicas y despedir a decenas de miles de funcionarios a consecuencia de la crisis económica.

Putin, cuando se refiere al posible entierro de Lenin, sabe que pisa arenas movedizas. Gorbachov y Yeltsin ya lo promovieron sin éxito: “El país estuvo siete décadas bajo el monopolio comunista, Lenin es un símbolo para generaciones enteras criadas en la URRS y su entierro equivaldría a decirles que adoraron valores equivocados, que su vida fue en vano”, dijo en 2001, al poco de asumir la presidencia. Sin embargo, su paciencia con el tema empieza a agotarse, y con ella su mano izquierda. Es extraño escuchar al presidente críticas a sus predecesores al frente del país, no por afinidad política sino por corporativismo patriótico. Por eso cogió por sorpresa cuando este martes se despachó con la figura de Lenin, cuyas ideas, afirma, “fueron una bomba que destruyó la URSS”, y al que echa en cara el asesinato del zar y su familia, así como de sacerdotes ortodoxos.

Putin remarca que respeta los ideales del socialismo, pero que la forma en que fueron plasmados en Rusia difiere de su verdadero contenido. También señaló a los bolcheviques, “que tanto denunciaban la represión en el antiguo régimen zarista, pero no dudaron en ponerla en marcha de nuevo de forma masiva cuando subieron al poder”. Una crítica encaminada, pareciera, a desmitificar al padre de la URSS entre el sector duro y allanar así el camino para poder al fin enterrarle.