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La impresionante historia de Jonna Mendez, la maestra de los disfraces de la CIA durante la Guerra Fría

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Las tensiones entre los Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría exigiía que las agencias de inteligencia depuraran los métodos con los que contaban para monitorear lo que hacían sus rivales. El espionaje y las herramientas para perfeccionarlo no eran la excepción.

Jonna Mendez trabajó para CIA durante 26 años durante los cuales llegó a convertirse en Directora de Disfraces en plena Guerra Fría. Esta unidad se encargaba de disfrazar espías alrededor del mundo para distintas operaciones. Mendez relató a BBC parte de sus fascinantes vivencias en primera persona:

La gente piensa que un disfraz es una peluca, un bigote. Pero es mucho más que eso. En la CIA podíamos hacer monturas dentales que cambiaban la manera en que se ve tu rostro. Si tenías dientes perfectos, podíamos ponerte dientes que se vieran terribles y viceversa; y hubieras querido usarlos todos los días.

Teníamos que aprender a hacer cosas que solo sabría tu dentista: cómo hacer impresiones dentales, cómo trabajar con herramientas dentales. Ese era el nivel de detalle.

Pero esa era solo una pequeña parte de lo que hacíamos para que los disfraces funcionaran apropiadamente. Un mal disfraz es peor que no tener disfraz. Si alguien puede darse cuenta de que estás disfrazado, estás en problemas. Así que pasábamos mucho tiempo mejorando nuestros disfraces.

Un buen disfraz va más allá del rostro. La gente tiene aspectos únicos, de los que no son conscientes y que a veces los pueden delatar. Como agente de disfraces, si vienes a mi laboratorio, tengo que tomar en cuenta (todos los aspectos) de tu persona, incluyendo los gestos.

Si mueves mucho las manos, tengo que darte alguna cosa para que la sostengas con las manos y ya no las muevas. Podía cambiar la forma de caminar de alguien con algo tan simple como poner una piedrita en el zapato. O podía poner una venda en una rodilla.

La gente no puede mantener durante mucho tiempo una forma de caminar distinta a la que normalmente tienen. En algún punto se relajan y se olvidan, así que se debe incluir algún elemento físico que ayude a cambiar la forma de caminar.

"Nuestras máscaras tenían que ser perfectas"

Mi proyecto principal en el área de disfraces fue mejorar la tecnología de las máscaras. En una máscara puede ponerse de todo: cabello diferente, maquillaje diferente, diferente tono de piel. Cuando llegué, había máscaras, pero eran máscaras como de dobles de Hollywood. No te podías acercar a esas máscaras, porque podías ver que eran como de actores.

Trabajé con científicos porque necesitábamos mejorarlas. Nuestras máscaras tenían que ser perfectas, no podías tardar una hora en ponértelas, tenías que ponértela en menos de un minuto. Tenías que ser capaz de ponértela en un estacionamiento oscuro (sin espejo), y que pudieras salir caminando con ella.

Tuvimos que encontrar materiales, tecnologías. Nos tomó 10 años, que fueron mis 10 años ahí como directora de disfraces. Fue un gran trabajo. Creamos máscaras con las que podía hablarte así como ahora (en la entrevista) y no te dabas cuenta de que estaba llevando una máscara.

Una vez que logras crear una máscara así, puedes empezar a crear dobles de los agentes. Es decir, tú puedes estar aquí y allá al mismo tiempo (pero en realidad el de allá es alguien disfrazado de ti).

Así que si te preocupa que te sigan, (gracias a las máscaras) tienes grandes posibilidades de engañar, de hacer que piensen que te están siguiendo; pero que en realidad no seas tú (sino que estén siguiendo a otro disfrazado de ti). Tú estás por otro lado, reuniéndote con tu agente.

Moscú, lo más difícil

Nuestras situaciones más difíciles ocurrían en Moscú, así que ahí es donde aplicábamos nuestras soluciones más singulares. Necesitábamos medidas especiales porque el problema (de vigilancia) ahí era muy grande. Teníamos vigilancia las 24 horas del día, los 7 días de la semana.

Si estábamos caminando en la calle, (los espías) estaban justo detrás de nosotros. Si estábamos conduciendo, estaban detrás de nosotros. Si estábamos trabajando, estaban sentados al costado. Nuestros apartamentos tenían aparatos de escucha.

No había lugar en Moscú en el que pudieras garantizar que estabas solo, excepto un lugar específico en la embajada, que estaba hecho de bloques transparentes de plástico, así que no se podía poner un micrófono porque lo habríamos visto.

Además, había un dispositivo, que lo inició Tony Mendez, que empezamos a usar en esa ciudad, que se llamaba "Jack in the box" (Jack en la caja), que era un maniquí que emergía de un contenedor.

Alguien entraba a un auto con un maletín, se sentaba en el asiento del copiloto y ponía el maletín en el suelo. En el momento que lo necesitara, el pasajero se bajaría, el conductor presionaría un botón y saldría el maniquí, con la misma cara que el pasajero que acababa de bajarse, el mismo cabello, la misma ropa. Era como una coreografía cuando necesitabas escapar de la vigilancia en la calle.

"El espía de los mil millones de dólares"

Uno de nuestros casos en Moscú fue el de Adolf Tolkachev, probablemente el espía más importante que tuvimos allí. Nos dio información, pedacito por pedacito, de los planes de la Unión Soviética sobre la siguiente generación de radares, aéreos y terrestres para los próximos 10 años.

Tolkachev era conocido en el Pentágono como el "espía de los mil millones de dólares" porque calculaban que le había ahorrado al Departamento de Defensa más de $1.000 millones de dólares en investigación y desarrollo para descubrir lo que los soviéticos iban a construir.

Pero reunirse con este hombre en Moscú era casi imposible. Nos preocupaba que nos siguiera la KGB. Era una situación muy difícil.

Una vez, no podíamos contactarlo. No aparecía y no sabíamos qué hacer. Así que decidimos que alguien debía tocarle la puerta, pero esa persona debía evadir la vigilancia. Así que pusimos a dos parejas en la embajada estadounidense a que hablaran por teléfono sobre una fiesta de cumpleaños a la que ambas irían.

Sabíamos que los soviéticos estaban escuchando y queríamos que escucharan que había una fiesta de cumpleaños. La noche de la supuesta fiesta, las dos parejas salieron en un auto y una de las esposas llevaba un pastel de cumpleaños. Los dos hombres estaban adelante y las esposas atrás, una con el pastel.

Siguieron la ruta que habían pensado y después de un segundo giro a la derecha, el copiloto abrió la puerta, las luces del auto no se encendieron, el copiloto se bajó, la esposa de atrás se inclinó y puso el pastel en el asiento del copiloto, el conductor apretó un botón y un maniquí salió del pastel de cumpleaños.

Cuando la vigilancia de la KGB apareció detrás de ellos luego de doblar la esquina todo lo que vio fue un anciano caminando (que en realidad era el agente que acababa de bajarse del auto disfrazado) —crear un disfraz de anciano no era difícil— y al auto de la embajada yéndose todavía con cuatro personas adentro.

Esa fue la forma en la que nuestro agente pudo tocar la puerta de Tolkachev. Fue una gran operación.

 

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